Al pasar de la niñez a la adolescencia, en nuestros hijos ocurren multitud de cambios. Cambios físicos por supuesto, pero también cambios de conducta e incluso de carácter.

De repente niños que tenían un fuerte apego por sus padres y que hablaban con ellos de casi cualquier tema (hasta hacerlos enrojecer a veces) dejan de hacerlo. Dejan de contarnos nada de su rutina diaria, dejan de compartir emociones y sentimientos, dejan de pedirnos opinión o consejo e incluso casi dejan de hablarnos por completo durante períodos de tiempo.

Naturalmente esto nos ocasiona una tristeza enorme y sobre todo un gran desasosiego porque no tenemos información acerca de su entorno y por tanto no podemos saber si le está ocurriendo algo, si sus compañías no son las más adecuadas, si se siente mal o si realmente nos necesita.

Y la situación suele empeorar con nuestros reproches e intentos de que nos cuenten detalles. Solemos conseguir el efecto contrario y muchas veces un enfado e incluso una mala contestación.

¿Cómo actuar?

  • En primer lugar ayuda mucho acordarnos de cómo éramos a su edad y cómo nos sentíamos respecto a nuestros padres.
  • En segundo lugar intentemos evitar los ‘interrogatorios’. En lugar de hacer preguntas directas y cerradas (de respuesta ‘si/no’) formulémoslas de forma que demos pie a que incluyan más detalles. Por ejemplo: en lugar de preguntar ¿has estado con tus amigos esta tarde? (respuesta: si o no y se acabó la conversación), preguntemos de la siguiente forma: he visto a alguno de tus amigos cerca de casa hoy, ¿es que no has podido quedar con ellos? (respuesta: tendrá que explicar por qué él no estaba con ese grupo de amigos y en ese caso con quién estaba).
  • En tercer lugar, cuando la conversación es imposible, es mejor no insistir, respetar su intimidad y su derecho a no querer hablar.

¿Cuándo actuar?

  • Respetar su derecho a la intimidad no significa que no estemos alerta de múltiples signos que nos pueden orientar: los ejemplos son infinitos: su forma de vestir cuando sale, las veces que mira el móvil y su expresión al mirarlo, el dinero que lleva, etc. Es el modo ‘espía en la sombra’. Todos sabemos hacerlo, sabemos interpretar signos externos, gestos de las personas que nos rodean y mucho más de nuestros hijos.
  • Cuando detectamos algún cambio de comportamiento o hábitos que nos alerte, es el momento de actuar, hay que pasar del modo ‘espía en la sombra’ a ‘investigador declarado’. Siempre intentando seguir las pautas anteriormente citadas pero con insistencia, nunca dejarlo por imposible. Si no lo conseguimos nosotros, busquemos ayuda de un experto.

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