Como psicóloga soy partidaria de no usar una etiqueta diagnóstica de trastorno para las personas que acuden a consulta, uso más la terminología de síntomas compatibles con ansiedad, depresión, etc. En primer lugar, suelo usarlo porque en nuestra sociedad el significado que se da a la palabra trastorno es muy contundente, como una losa que llevar a la espalda y, por lo tanto, no es nada positivo para un iniciar un proceso terapéutico. En segundo lugar, los pacientes al oír el término trastorno entienden algo mucho más grave y que puede no tener solución, es decir, una enfermedad. Es cierto que existen multitud de trastornos psicológicos que podríamos catalogarlos como enfermedades tal y como éstas las entendemos, pero ese tipo de trastorno son los menos frecuentes.

En cambio me he enterado que en el caso de menores que sufren déficit de atención, problemas de concentración, hiperactividad, agresividad, etc. es necesario que estén catalogados con su trastorno correspondiente para que su centro educativo pueda demostrar legalmente que las adaptaciones curriculares que realiza están justificadas. Poniéndome en el lugar de los padres, entiendo que para que sus hijos tengan una educación más adaptada acepten que reciban una etiqueta. Pero, el daño emocional-psicológico que recibirá ese niño por llevar una etiqueta, ¿alguien ha pensado en el menor? Estoy a favor de las adaptaciones curriculares en los centros para menor con dificultades pero es cierto, que dichas adaptaciones señalizan a ese menor como diferente del resto de compañeros de la clase. Los profesores saben que ese alumno en particular es diferente, pueden saber el nombre del trastorno o no, pero eso condicionara su forma de relacionarse con él. Algo que será visible para el resto de alumnos y que, a largo plazo, afectará al menor pues aunque no quieran sus padres que sepan que tiene un trastorno, él sabrá que es diferente y la forma en que esto se enfoque será determinante para su desarrollo.

 

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