En cierta forma podríamos decir que todos los seres humanos somos especiales, en el sentido de diferentes a los demás en algo. Sin embargo, hay personas que se ajustan más a la norma social de un país, por ello son denominados normales. Por ejemplo, en España sería una persona casada, con hijos, trabajo e hipoteca, etc.

A mi consulta de psicólogo no viene gente normal, porque yo a cada persona la veo como diferente y especial, no la catalogo en una determinada categoría, no trato depresión sino personas con problemas de tristeza, no trato ansiedad sino personas con problemas con sus emociones.

Dicho esto, he de reconocer que algunas veces vienen personas con problemas o ideas que no había visto ni oído nunca. Por supuesto, yo no pienso y siento como cada paciente que viene, pero sí me tengo que poner en su piel al tratarle, intentar entender cómo se siente al pensar como piensa.

Una de las cosas que me ayuda con ello es mi propia flexibilidad mental. Acepto internamente que podía pasarme a mí lo mismo que al paciente, que tiene una lógica en sus circunstancias. No juzgo su forma de pensar desde la mía, que tampoco creo mejor ni peor que la suya. Quizá en estos momentos esa forma de pensar le está resultando poco adaptativa y por ello viene a mi consulta.

De igual forma para mí resultaría antinatural pensar como mi paciente dentro de mi propia vida, al paciente le pasa lo mismo; no le beneficia pensar como yo. Lo que hago con mis pacientes es aceptarles sin cuestionarles. Pienso en sus circunstancias y comprendo cómo se sienten. Intento comprender cómo su manera de pensar y actuar le han ayudado a sobrevivir a sus circunstancias. Y le animo a iniciar algún cambio en su vida, en aquella área donde tiene problemas. En algunas ocasiones les sugiero, y trabajo con ellos, un cambio en algún esquema mental disfuncional o rígido que tengan, si vemos que les hace sufrir. Ayudar a flexibilizar las rigideces de los propios pacientes me ayuda a mí a flexibilizar las mías propias.

En cuanto a sus emociones, algunas personas me preguntan: ¿Y no te contagias emocionalmente de tus pacientes, no te pasan sus penas o sus miedos? Es cierto que, en algunas ocasiones noto cómo el sentir de los pacientes al narrar sus problemas resuena dentro de mí, despiertan emociones iguales o distintas. Es muy importante para mí saber leer mis propias emociones para cuidar lo que estas me quieren transmitir, cuidarme a mí con el mismo mimo y comprensión que brindo a mis pacientes.

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