Con el paso de los años las relaciones que se establecen entre padres e hijos son diferentes a las que hace años se generaban, por lo que el papel del psicólogo adquiere relevancia no sólo a la hora otra de tratar trastornos psicológicos sino también como un soporte que ayuda en determinados momentos puntuales.

Debido a las nuevas dinámicas familiares construidas muchas veces porque ambos progenitores trabajan, los menores tienen mucha carga estudiantil y pasan poco tiempo con ellos, etc. da lugar a que muchos padres no sepan establecer una comunicación adecuada con ellos o que sus hijos no quieran contarles ciertas cosas debido a una falta de confianza.

Es en estos casos cuando los padres acuden a nuestro gabinete manifestando que saben que su hijo tiene un problema pero que con ellos no quiere hablar, que no se sincera, pero que quizás con otra persona si lo hace. He de reconocer que en la mayoría de los casos suelen tener razón y los menores suelen sincerarse más con una persona ajena que con sus progenitores muchas veces por miedo a que ellos les juzguen o no les entiendan.

Por experiencia, la mejor solución es dar pautas a los padres para que sepan establecer una relación afectiva y comunicativa correcta para cuando vuelva a ocurrir una situación similar. Aunque es cierto que muchos prefieren volver a traer al menor a consulta cuando surge una nueva inseguridad o duda por parte del menor.

Las inseguridades y dudas que solemos encontrarnos, principalmente, versan sobre problemáticas de los menores en casos de divorcio, relaciones sentimentales, afectivas, dudas académicas, profesionales, visión de futuro, etc.

 

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