Que estemos vivos no quiere decir que tengamos ganas de vivir. Una cosa es vivir, o sobrevivir, y otra distinta vivir con ganas.

Casi todos nosotros, en un momento u otro de nuestra vida, nos hemos planteado si teníamos ganas de vivir y la respuesta ha sido negativa. La vida no es fácil y hay momentos en que perdemos las ganas, la motivación. El ser humano tiende, de manera natural y gracias a la evolución, hacia la vida, a permanecer vivo a pesar de los inconvenientes, a sobrevivir. Nuestros genes contienen el afán de supervivencia que nos lleva a cuidarnos, a alimentarnos, a protegernos, a llenar nuestras necesidades emocionales.

Históricamente, las personas han tenido que luchar mucho para sobrevivir, dedicar su día a día a conseguir alimento y cobijo. puede decirse que vivían a merced de la naturaleza y sus caprichos y el hombre se afanaba por seguir vivo día tras día, probablemente sin buscar un sentido para su vida sino limitándose a vivir. La motivación para ello era extrínseca, es decir, nacía de sus necesidades básicas y no de un proceso razonado. Hoy día, al menos en las sociedades más avanzadas, muchas personas tenemos las necesidades más básicas cubiertas. Y es entonces, cuando dejamos de luchar para sobrevivir, cuando muchas personas se plantean qué sentido tiene para ellos vivir.

Algunas personas vienen a mi despacho de psicólogo con complejas crisis vitales. Fracasos laborales o de relación. ¿Por qué vienen buscando ayuda en mí o en alguien externo? A veces no saben qué camino tomar después de sus cambios vitales o cómo salir de ciertas situaciones. Sin embargo, lo más difícil para algunos de ellos es recuperar o volver a encontrar una motivación, un sentido que les ayude a levantarse cada día y continuar con su vida.

Las personas llegan cansadas, saturadas por el estrés de sus vidas cotidianas y algunas veces con cierta indefensión, que es como los psicólogos llamamos a esa sensación de que, hagamos lo que hagamos, no nos sentiremos bien. En los casos más graves, el paciente no tiene ganas de vivir, incluso deseos de morir.

Lo primero que hacemos en esos casos es asegurar lo básico: que el paciente pueda dormir, se alimente de forma sana y realice alguna actividad física, sencilla, preferentemente paseos al sol.

Después, vamos buscando pequeñas actividades sencillas pero placenteras, que la persona pueda ir haciendo. Y algo que siempre funciona, que la persona vaya restableciendo relaciones con otras personas, con sus familiares y amigos. Compartir con los demás suele disminuir nuestra pesada carga.

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