Lleva toda una semana sucediendo. Estamos confinados en casa, por esta pandemia del corona-virus que envuelve nuestro planeta, nuestro hogar. Quizá es ahora cuando prestamos más atención a nuestro alrededor, somos algo cotillas…

Pues bien, como digo, lleva toda la semana sucediendo.  Los gritos son tan tremendos que, incluso no se oyen donde yo estoy, tal es la intensidad emocional que generan, me obligan a cerrar los ojos y los oídos para no escucharlos:

“¡Estás gordo, no te soporto! ¡No haces más que comer, sólo grasas y cochinadas, sólo llevas dos meses y has comido para dos años! ¿Así te cuidas? ¡Vaya cerdo estás hecho con esa tripa! ¡Anda que, como pasemos otro mes confinados te va a dar un infarto de tanto colesterol!”

En otros momentos se escucha: “Pero a ti, ¿quién te va a querer? Siempre vas por ahí dando pena. Es normal que te hayas quedado sólo en la vida… ¡y más sólo que vas a estar! Tú te lo has buscado, por huir de la gente, !pareces un maldito ermitaño, así vestido, descuidado con dos harapos! y no cuidas a tus… ¿amigos?, ¡nunca los llamas!”

Los gritos prosiguen: “¡Eres un inútil y no sirves para nada! Por eso te estás arruinando, ¡siempre tomas las peores decisiones! ¡No sirves absolutamente para nada, nunca has hecho nada de provecho y tu vida es una auténtica mierda, me avergüenzo de ti! ¡Ya no quiero vivir contigo! ¡Nunca has tenido ilusiones, eres lo peor! Aunque te dejasen salir de casa, no sabrías qué hacer, por que ¡no sabes disfrutar de la vida, no la mereces! Lo que habría que hacer es quitarte todo lo que tienes y dárselo a otros que sepan aprovecharlo, ¡maldito vago!”

Después vino lo peor: “¡Ojalá te mueras, te odio y te aborrezco, no quiero vivir contigo nunca más!”

Lo que no se oían eran golpes. Menos mal por que, si no, hubiese llamado a las autoridades para que protegiesen a ese ser indefenso, que apenas tenía fuerzas para alzar la voz.

Estos últimos días, continuaban sus ataques, por todos los ángulos: “No se te ocurra salir a pasear, ahora que está permitido: ¡te vas a contagiar, darás asco a los demás! ¡hay que ver lo feo que eres, tú quédate aquí escondido en casa!”…”¿Qué pretendes, abrir tu negocio después de este parón? Ja ja ja, ¡no me hagas reír! No vale la pena, no lo sabes hacer, ¡ni siquiera eres capaz de haber comprado unas mascarillas en estos dos meses! Si no ganas ni para mantenernos, ¡nos viene la ruina y tú, sin hacer nada! Claro… porque no sabes hacer nada… ¡Ni siquiera cuidas de mí!

Finalmente, ayer de madrugada, no pude aguantar más y tuve que meterme debajo del edredón… No era capaz de aguantar esos gritos, ese maltrato y me eché a llorar con desesperación, más si cabe, llevaba toda la semana haciéndolo…

Entonces, como venido de otro lugar, apareció alguien que, por fin, se hizo cargo de la situación. Me abrazó y me dejó sentir esa tristeza y ese miedo: “Es normal que lo sientas, me dijo, esos gritos iban dirigidos hacia ti” Por fin, con esas caricias y esa contención de mis emociones, sin juzgarme, pude calmarme un poco… Y fue entonces cuando ese ser interior me dijo: “Esas críticas interiores, que te haces, no te permiten razonar…En ese remolino de emociones no se puede pensar, solo ocultarlo, meterte en la cama para intentar dormir y no escucharlo.”

Y, como un padre a su hijo, que durante la rabieta no le juzga sino que le abraza y, solo después, le proporciona lo que le conviene y razona con él… Así hice yo: me abracé y, una hora después, estaba más calmado… Entonces me procuré lo que necesitaba: una ducha relajante, un desayuno rico, ejercicio para cuidar mi cuerpo y una buena lectura para enriquecer mi mente. También hablé con algún amigo y le conté la experiencia, me entendieron bien, la mayoría no me juzgó, ni me insultó ni me criticó.

Después, ese ser cariñoso, que me cuidó y calmó, me ayudó a razonar: “Muchas veces las emociones te sobrepasan, te desbordan y entonces aparece ese criticón interno automático, que te hunde más. Si te dejas llevar, no acaba nunca la rabieta de tu niño interior. Pero, dentro de ti también, está ese ser que te quiere, que te mima y… ¡Eres tú mismo! Sólo con cariño te saca de ese bucle y, entonces, una vez calmado, te proporciona lo que de verdad necesitas.”

 

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