Es innegable que, desde la llegada del coronavirus a nuestro país y dadas las medidas que ha sido necesario tomar para combatirlo, estamos sufriendo muchas pérdidas. Y cuando una persona sufre pérdidas, necesita un periodo de duelo para asimilar cada una de ellas. No sólo se trata de pérdidas de vidas humanas, si no de otras muchas pérdidas, que explican muchas de nuestras reacciones emocionales y de conducta, en estos tiempos de confinamiento.

Quisiera en este artículo reflexionar sobre cuáles son algunas de estas pérdidas, al menos desde mi punto de vista, en mi experiencia y en la de otros pacientes que me han consultado durante estos meses.

  • Pérdida de vidas humanas. Por supuesto, hemos perdido para siempre a aquellos que han fallecido, víctimas del coronavirus o de otras dolencias que no se han podido abordar al estar saturado nuestro sistema sanitario. En la mayoría de los casos, los familiares no hemos podido acompañar a nuestro ser querido en sus últimos momentos ni realizar rituales de despedida.
  • Pérdida de relaciones personales. Al estar encerrados en nuestros domicilios, hemos perdido esos momentos de relación humana directa, en persona, que solemos tener en nuestra vida cotidiana con muchas personas: nuestros padres, hermanos y otros familiares, nuestros compañeros de trabajo, nuestros amigos más íntimos y también otros conocidos compañeros de aficiones. Tampoco podemos ver a nuestros vecinos y colegas de nuestro bar, cafetería o restaurante habitual. E incluso a desconocidos, pero que nos aportaban diariamente compañía y calor humano, en el teatro, por la calle…
  • Pérdidas de salud. Al estar confinados en espacios reducidos, la mayoría de personas hemos perdido forma física estos meses. Tampoco hemos podido oxigenarnos convenientemente ni exponernos al sol. En muchos casos, nuestro sueño ha sufrido en su calidad y cantidad, dormimos peor. También la mayoría de las personas hemos comido peor, muchas veces por calmar nuestra ansiedad e incertidumbre, comíamos de más y también alimentos más grasos. Tampoco hemos podido curarnos convenientemente las dolencias que nos iban apareciendo, pues no estaban operativos los centros de salud y sólo se atendían temas muy graves.
  • Pérdidas económicas y de trabajo. En dos o tres meses, de sopetón y sin avisar, nuestros ahorros han caído considerablemente, las viviendas e inversiones han perdido valor. Nuestros negocios, en el mejor de los casos sobreviven con gastos y sin apenas ingresos. Muchos hemos perdido el trabajo y no vemos perspectivas de cuándo y cómo lo volveremos a recuperar. Los que más suerte tienen pueden teletrabajar, pero en unas circunstancias también muy limitadas: cambian sus condiciones de trabajo, el domicilio del mismo, la forma de hacer cada cosa, etcétera.
  • Pérdida de rutinas. Sabemos cuánto nos beneficia tener rutinas y hábitos en nuestra vida cotidiana. Pues bien, prácticamente todos hemos perdido estas rutinas y nos hemos tenido que adaptar a otras, muchas veces de forma obligada, sin poderlo elegir. Y cuesta mucho adaptarse a nuevos hábitos, máxime cuando sabemos que son sólo provisionales, durante los meses de confinamiento.
  • Pérdida de ilusiones. Para muchos de nosotros, nuestra vida generalmente consistía en nuestro trabajo y familia, al que añadíamos pequeños desfrutes adicionales que nos generaban ilusión: ir al teatro, a un concierto, ver un partido de fútbol o seguir a nuestro equipo deportivo favorito. También completábamos nuestros días quedando con amigos o familiares. Muchas de estas ilusiones de nuestra vida cotidiana las hemos perdido durante estos meses, sólo ha quedado lo imprescindible para sobrevivir.
  • Pérdida de control. A los seres humanos nos gusta tener el control sobre las circunstancias de nuestra vida, que esta sea predecible. Quizá estábamos mal acostumbrados pues, en estos últimos años, teníamos un control bastante grande en muchos aspectos. De repente, sentimos que ya no tenemos el control de nuestras vidas, que hemos de limitarnos a vivir “al día”, con total incertidumbre ante el futuro.
  • Pérdida de libertad. Hemos pasado, en España, de tener una libertad casi total en nuestros movimientos y acciones a, de repente, no poder hacer muchas cosas,  que ahora están “prohibidas”. Hemos tenido que cancelar nuestros viajes, de repente ya no podemos ir a París cuando se nos antoja. Ni a París, ni a Alpedrete, ni siquiera a dar un paseo fuera de casa… Esto nos ha producido una gran frustración.

En el próximo artículo veremos cómo reaccionamos emocionalmente ante estas pérdidas y cómo esto puede explicar muchos de nuestros sentimientos y comportamientos durante los meses de confinamiento.

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