La personalidad siempre la consideramos un aspecto propio e inherente a cada individuo, por tanto, diferente entre todos y cada uno de ellos y en cierto modo, sometida a nuestro control.

Sin embargo, nos sorprendería saber cuántos de los aspectos que conforman nuestra personalidad (percepciones, pensamientos, sentimientos y conductas) vienen prácticamente determinados por un simple binomio cultural: haberse desarrollado en una sociedad individualista o colectivista.

Las culturas individualistas se localizan geográficamente principalmente en Europa y Norteamérica, mientras que las colectivistas en Asia, Sudamérica y África, y el principal factor diferenciador es la importancia que dan al individuo respecto al colectivo.

Los individuos que crecen y se desarrollan en culturas individualistas, se valoran en la medida que son independientes, autónomos y completos e intentan lograr esta independencia acentuando las diferencias entre el ‘yo’ y los ‘otros’. Consideran que son agentes activos de su propia vida y que de alguna forma son inmutables, por lo que necesariamente lo que hay que intentar modificar es el ambiente circundante o las personas con las que se relacionan. Las relaciones con los demás son importantes pero secundarias y sólo en la medida en que les permiten alcanzar sus propias metas individuales o satisfacer ciertas necesidades de toda índole. Con respecto a la motivación, dado que lo más valorado es la imagen del ‘yo’, suelen actuar para conseguir la diferenciación de él mismo respecto a los demás, es decir, están orientados a conseguir el éxito. Y por último con respecto a las emociones, y debido a la misma causa, es lícito e incluso valorado socialmente expresar orgullo, sentimiento de superioridad, autoconfianza e incluso ira y frustración.

Por el contrario, en las sociedades colectivistas, lo más importante es conseguir el respeto de los demás y las personas que han crecido en ellas, se identifican como interdependientes del colectivo, siendo sus metas las metas del grupo al que pertenecen o con el que se relacionan. Al considerarse parte de un colectivo, no son inmutables sino todo lo contrario, son ellos los que deben cambiar para adaptarse a las necesidades y el bienestar de este. Las relaciones con los demás son primordiales y esto implica estar alerta a las necesidades, deseos y objetivos del grupo. La motivación principal es el concepto que el grupo tiene de uno como individuo y para ello han de  lograr su respeto, por tanto, actúan para conseguir el ajuste a los demás y son especialmente sensibles a los signos que indican necesidad de mejora mostrando una elevada autocrítica. Emocionalmente lo valorado socialmente es expresar simpatía, respeto, cercanía o amistad y llegado el caso, vergüenza y culpabilidad.

Evidentemente es un planteamiento muy genérico que no tiene en cuenta muchos otros factores que conforman la personalidad de cada individuo, pero entender el contexto cultural en el que nos desarrollamos y sus influencias nos puede ayudar a entendernos a nosotros mismos y por qué no a someter a crítica lo que se valora en nuestra sociedad, al fin y al cabo, es meramente un factor geográfico.

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